El alma del dinero

Todas las personas estamos interesadas en el dinero y una gran mayoría de nosotros, incluso, tenemos una preocupación casi crónica, junto con el temor de no tener suficiente o no ser capaces de retener el suficiente dinero. Muchos fingen que el dinero no es importante o piensan que no debería serlo. Y otros muchos viven con la creencia de que acumular dinero es su objetivo principal en la vida. No importa cuánto dinero tengamos o no tengamos, la preocupación de que no tenemos o no tendremos lo suficiente predispone nuestros intereses y sentimientos en función del dinero. Cuanto más nos esforzamos por obtenerlo o por ignorarlo, más dependientes somos de él.

El dinero sólo tiene el poder que le asignamos, y le hemos asignado un poder inmenso. Le hemos otorgado casi una autoridad definitiva. Si nos limitamos a observar nuestro comportamiento, podríamos decir que hemos hecho del dinero algo más importante que nosotros mismos, le hemos dado más importancia que a la vida humana. Parece que todo vale en nombre del dinero. Las personas matan por él, se han esclavizado o han esclavizado a otros, y se han sometido a una vida de esfuerzo y sacrificio con tal de ir a su búsqueda.

Hemos guardado silencio para evitar conflictos o diálogos incómodos acerca del dinero. Nuestro comportamiento en torno al dinero ha dañado relaciones cuando se ha utilizado como un instrumento de control o castigo, escape emocional o manipulación, o como un sustituto del amor. Entre familias dotadas con una gran riqueza, muchas personas se han envenenado con la avaricia, la desconfianza y el deseo de controlar a otros. En un mundo donde existe la creencia de que el dinero es escaso, la lucha por conseguirlo puede fácilmente convertirse en el tema decisivo que hace a un lado el valor personal y el potencial humano básico de un individuo, una familia o incluso de comunidades y culturas enteras. Para algunos, la persistente ausencia del dinero se convierte en una excusa para sentirse menos capaces, productivos o responsables de lo que podrían serlo.

El dinero y el alma: la gran división.

Para la mayoría de nosotros, esta relación con el dinero resulta profundamente conflictiva y nuestro comportamiento hacia y alrededor del dinero es a menudo incongruente con respecto a los valores, compromisos e ideales que más apreciamos —los que en conjunto componen nuestra alma—. Y cuando hablamos de alma, no me estoy refiriendo a una interpretación religiosa.

La buena noticia es que es posible deshacernos de este conjunto de creencias y suposiciones acerca del dinero. Cuando abandonamos el escenario mental de la escasez, descubrimos tres mitos centrales que han venido a definir nuestra relación con el dinero y que bloquean el acceso a una relación más honesta y satisfactoria con él.

Mito número 1: no hay suficiente.

El primer mito sobre la escasez que prevalece es que no hay suficiente. No hay suficiente para mantenerse en la vida. No todos pueden lograrlo. Alguien se tendrá que quedar fuera. Hay demasiada gente. No hay suficiente comida. No hay suficiente agua. No hay suficiente aire. No hay suficiente tiempo. No hay suficiente dinero.

El no hay suficiente se convierte en el motivo por el que realizamos trabajos que nos hunden o por el que nos hacemos cosas unos a otros de las que no nos sentimos orgullosos. El no hay suficiente genera un miedo que nos conduce a asegurarnos de que no seamos nosotros ni las personas a las que amamos quienes resultemos lastimados, marginados o discriminados.

Una vez que definimos nuestro mundo como deficiente, la energía total de nuestra vida, todo lo que pensamos, todo lo que decimos y todo lo que hacemos, particularmente con el dinero, se convierte en la expresión de un esfuerzo por sobrellevar esta sensación de carencia y el miedo de perder o de quedar fuera. El asegurarnos para hacernos cargo de los nuestros, se convierte en algo noble y responsable. Si no hay suficiente para todos, entonces cuidar de ti mismo y de los tuyos, aún a costa de los demás, parece algo desafortunado pero inevitable y de cierto modo válido. Es como el juego infantil de las sillas. Al faltar una silla correspondiente al número total de jugadores, nuestros intereses se enfocan en no perder y en no ser los que se quedan hasta el final de todo el barullo sin una silla. No queremos ser los pobres inocentes que nos quedamos sin silla, por lo que competimos para obtener más que el otro, determinados a mantener la delantera más allá de alguna inminente condena.

Esta condición interna de escasez, este escenario mental de escasez, viven en el corazón mismo de nuestras envidias, nuestra avaricia, nuestro prejuicio y nuestros argumentos con la vida, y están profundamente arraigados en nuestra relación con el dinero. Dentro del escenario mental de la escasez, nuestra relación con el dinero es una expresión del miedo, un miedo que nos conduce hacia una eterna e insatisfactoria búsqueda por algo más, o hacia compromisos que prometen una salida de dicha búsqueda o del malestar que nos provoca el dinero. En dicha búsqueda desenfrenada o en los compromisos que hacemos rompemos con nuestro sentimiento de totalidad e integridad naturales. Abandonamos nuestra alma y nos distanciamos cada vez más de nuestros valores esenciales y de nuestros compromisos más elevados. Nos encontramos atrapados en un ciclo de desconexión y de insatisfacción.

Mito número 2: más es mejor.

El segundo mito es que más es mejor. Más de cualquier cosa es mejor que lo que tenemos. Es la respuesta lógica si se teme que no hay suficiente, pero el más es mejor nos conduce a una cultura competitiva de acumulación, adquisición y avaricia que sólo intensifica nuestros miedos y acelera el ritmo de la carrera. Y nada de esto hace la vida más valiosa. A decir verdad, la prisa por obtener más nos aleja de la capacidad de experimentar el profundo valor de lo que adquirimos o ya tenemos. Cuando comemos muy rápido o mucho, no podemos saborear ni siquiera un pedazo de nuestra comida. Cuando nos enfocamos constantemente en lo que a continuación vamos a adquirir —el siguiente vestido, el siguiente coche, el siguiente trabajo, las siguientes vacaciones, la siguiente mejora a la casa— difícilmente apreciamos los dones de lo que ya tenemos. En nuestra relación con el dinero, el más es mejor nos distrae de vivir más consciente y abundantemente con lo que tenemos.

El más es mejor constituye una persecución sin fin y una carrera sin ganadores. Es como la rueda de un hámster en la que saltamos, giramos y después olvidamos cómo detener. Finalmente, la búsqueda por tener más se convierte en un ejercicio adictivo y, como cualquier adicción, resulta casi imposible detener el proceso cuando te encuentras atrapado en él. Pero no importa qué tan lejos llegues, o qué tan rápido, o a cuántas personas logres dejar atrás, nunca podrás ganar. En el escenario mental de la escasez, incluso cuando hay mucho, nunca es suficiente.

Algunas de las personas que cuentan con riqueza suficiente para tres vidas, pasan sus noches y sus días preocupándose por perder dinero en el mercado bursátil, por ser estafados o por no contar con lo suficiente para su retiro. Cualquier tipo de realización personal dentro de su vida privilegiada, en términos financieros, puede opacarse por completo por estos miedos monetarios y el estrés. ¿Cómo puede ser posible que las personas que tienen millones de dólares piensen que necesitan más? Creen que necesitan más porque esa es la creencia prevaleciente. Casi todos pensamos así, por lo que ellos también piensan así. Incluso aquellos que tienen bastante no pueden renunciar a esta búsqueda. La búsqueda de más es mejor, sin importar cuáles sean nuestras circunstancias monetarias, demanda nuestra atención, mina nuestra energía y erosiona nuestras oportunidades de plenitud. Cuando nos creemos la promesa de que más es mejor, nunca podemos llegar a la meta final. Dondequiera que estemos, nunca será suficiente debido a que tener más es siempre mejor. La gente que sigue este credo consciente e inconscientemente, y que hasta cierto punto somos todos nosotros, está condenada a una vida siempre insatisfecha; perdemos la capacidad de alcanzar una meta. Así que incluso aquellos que tienen bastante en esta cultura de la escasez no logran renunciar a la caza.

El más es mejor nos desorienta de un modo más profundo. Nos conduce a definirnos en base al éxito financiero y a los logros externos. Juzgamos a los demás de acuerdo a lo que tienen y a cuánto tienen. Todas las grandes enseñanzas espirituales nos dicen que busquemos en nuestro interior para encontrar la totalidad que anhelamos, pero la persecución de la escasez no nos deja ni tiempo ni espacio psíquico para ese tipo de introspección.

La creencia de que necesitamos poseer, o incluso poseer más que la otra persona o empresa o nación, es la fuerza motora que conduce la mayor parte de la violencia y las guerras, la corrupción y la explotación en el mundo. Bajo la condición de escasez, creemos que debemos tener más —más petróleo, más tierra, más poder militar, más participación en el mercado, más utilidades, más acciones, más posesiones, más poder, más dinero—. En la campaña para ganar, acostumbramos a perseguir nuestras metas a cualquier costo, incluso a riesgo de destruir culturas y pueblos enteros.

Mito número 3: así son las cosas.

El tercer mito dice que así son las cosas y no hay salida. No hay suficiente como para que haya suficiente, más es definitivamente mejor, y la gente que tiene más es siempre gente diferente a nosotros. No es justo, pero más vale entrarle al juego porque así son las cosas y en este mundo sin esperanza, desamparado, disparejo e injusto, no hay modo de escaparse de la trampa. Pensar que así son las cosas es simplemente otra creencia, aunque probablemente sea la que más atrapados nos tiene porque siempre se puede argumentar a favor de él. Cuando algo ha sido siempre de cierta manera, y la tradición, los supuestos y los hábitos lo hacen resistente al cambio, entonces parece lógico y propio del sentido común pensar que, así como es, seguirá siendo. La resignación nos hace sentir desesperanzados, desamparados y cínicos. También nos mantiene en la fila, incluso al final de la fila, donde la falta de dinero se convierte en una excusa para evitar el compromiso y para no contribuir con lo que sí tenemos –tiempo, energía y creatividad– con el fin de marcar una diferencia. La resignación nos aleja del cuestionamiento acerca de qué tanto nos comprometeremos o explotaremos a los otros para obtener el dinero que estará a nuestra disposición en un empleo o carrera, una relación personal o una oportunidad de negocio.

El así son las cosas justifica la avaricia, el prejuicio y la inactividad fomentada por la escasez en nuestra relación con el dinero. A nivel mundial el mito del así son las cosas es tal que aquellos que tienen más dinero ejercen el mayor poder, sintiendo que valen más y que tienen el derecho de sentirse así.

El así son las cosas representa una de las piezas más difíciles, que no imposibles, en la transformación de nuestra relación con el dinero debido a que si no podemos abandonar la caza del dinero y sacudirnos la incapacidad y el cinismo que esto llega a generar, entonces quedaremos atrapados. Y si no estamos dispuestos a cuestionárnoslo, entonces resultará difícil desbancar ese pensamiento que nos tiene atrapados. Debemos estar dispuestos a dejar ir el así son las cosas, aunque sea por un momento, para considerar la posibilidad de que no existe un así es o así no es. Existe la manera en que elegimos actuar y en que elegimos crear nuestras circunstancias.

Si miramos nuestras vidas, veremos que tenemos exactamente lo que necesitamos. Vivir una vida en la cual reconocemos lo que es suficiente es una vida plena. Si abandonas todo aquello que realmente no necesitas, eso libera una enorme cantidad de energía que aumenta lo que ya posees. Verás que lo que ya posees se expande, y estoy hablando de amor, tiempo y todo lo relacionado, incluso el dinero mismo.

Mi sugerencia es que inviertas tu dinero en cosas que tengan un sentido auténtico para ti y la sociedad. Siento que se puede tener una posición sólida que haga al mundo mejor con el dinero, poder decir “esto es lo que mi dinero hace en la sociedad” “esta es mi voz”. Porque el dinero no tiene el poder de cambiar a las personas, pero sí de potenciar lo que ya poseen en su interior.

Extracto del libro "El alma del dinero" de Lynee Twist.

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